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Alquilar en Barrios Cerrados: La Creciente Tendencia para una Vida Todo el Año

Un sector de la clase media de ingresos altos comenzó a mover el mercado de alquiler de los barrios cerrados en Buenos Aires con contratos de largo plazo, no solo temporario por el verano

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Alquilar en barrios cerrados: una tendencia que cada vez crece más para vivir todo el año

Un sector de la clase media de ingresos altos comenzó a mover el mercado de alquiler de los barrios cerrados en Buenos Aires con contratos de largo plazo, no solo temporarios por el verano.

16 de febrero de 2026 – 08:48

Nordelta es el barrio con mayor cantidad de inquilinos permanentes.

Durante años, los barrios cerrados fueron sinónimo de compra: lote propio, casa a gusto y una mudanza que podría pensarse “para siempre”. Sin embargo, en los últimos años, este fenómeno comenzó a cambiar. Es más, uno de los fenómenos residenciales que más se expandió, especialmente desde 2020, tiene que ver con el alquiler de viviendas en estas urbanizaciones.

No solo creció el número de habitantes y desarrollos, sino que también comenzó a consolidarse un incipiente mercado de alquiler que atrae a un sector de la clase media de ingresos altos que priorizan seguridad, servicios y calidad de vida por sobre la propiedad en sí. El dato ya no sorprende: vivir en un country sin ser dueño es parte del nuevo mapa inmobiliario.

De acuerdo a un informe de Tejido Urbano, el alquiler en barrios cerrados crece con fuerza, especialmente en Pilar y Tigre, y atrae tanto a hogares unipersonales como a familias. La lógica es clara: para muchos, alquilar en el suburbio compite en costos con alquilar en barrios porteños consolidados como Palermo. La vivienda, más que un activo, se volvió una experiencia ajustable a cada etapa de la vida.

¿Qué motiva a la clase media alta a alquilar en barrios cerrados?

El crecimiento del alquiler en barrios cerrados responde a una combinación de búsqueda de bienestar, distinción social y estrategias patrimoniales. Ya no se trata solo de “no poder comprar”, sino de elegir cómo y dónde vivir. Entre las estrategias más habituales aparecen los inquilinos propietarios (dueños de una vivienda en la ciudad que la alquilan para financiar su residencia en el suburbio), las viviendas satélite para sostener la vida laboral en CABA, y el uso del alquiler como segunda residencia de fin de semana o temporada.

La motivación central es el acceso a un entorno urbano controlado: seguridad, servicios, verde y tranquilidad. Para familias con hijos pequeños y adultos mayores, el combo resulta difícil de igualar en la ciudad tradicional. Pero hay algo más. Para un segmento de la clase media alta que quedó fuera del “horizonte propietario” en estos lugares, el alquiler funciona como un mecanismo de distinción social. Vivir en un barrio cerrado mantiene un estatus simbólico alto, aun sin ser propietario.

El informe también detecta un vínculo directo entre alquiler y productividad. En municipios con polos industriales dinámicos como Pilar, Ezeiza o Tigre crece la demanda de hogares unipersonales o de corta duración, ocupados por técnicos y profesionales calificados que eligen vivir cerca del trabajo. Menos tiempo en la Panamericana, más horas productivas.

Los alquileres en barrios cerrados en números

Según los metadatos del Mapa de Urbanizaciones Cerradas elaborado por Pablo De Grande (2022), en Argentina los barrios cerrados ocupan una superficie total de 700,467 km². De ese total, la provincia de Buenos Aires concentra 527,777 km² (el 75%), mientras que el RMBA (Región Metropolitana de Buenos Aires) y sus áreas contiguas abarcan 485,543 km², lo que equivale al 69% del total nacional y al 92% del provincial. Esto confirma que el fenómeno de las urbanizaciones cerradas se encuentra fuertemente asociado a la dinámica metropolitana de Buenos Aires.

Dentro de esta región se identifican 767 polígonos correspondientes a barrios cerrados. De ellos, uno de cada 10 se ubica en el municipio de Pilar, que encabeza el ranking con una superficie acumulada de 76,372 km². Le siguen, aunque a considerable distancia, Tigre (47,607 km²), Luján (37,816 km²), Escobar (34,914 km²), Brandsen (31,041 km²) y Zárate (30,246 km²). Completan el top 10 los municipios de Ezeiza, General Rodríguez, Cañuelas y San Vicente, con superficies que oscilan entre 15 y 20 km².

Ahora, al hacer la distinción en cuanto a los inquilinos registrados en las urbanizaciones cerradas, los radios censales que incluyen barrios cerrados concentran unos 170,000 hogares, de los cuales entre el 12,5% y el 15,5% son inquilinos. Las barreras de acceso siguen siendo altas. Contratos en dólares, garantías exigentes y expensas elevadas funcionan como filtros que moderan la expansión, incluso cuando los precios tienden a ajustarse a la baja para evitar viviendas vacías.

Nordelta, un caso aparte

Es importante aclarar que Nordelta encabeza claramente el ranking de superficie de barrios con 17,17 km², más de un tercio del total de los desarrollos localizados en Tigre. Allí el alquiler representa un número clave: alcanza al 27,5% de los hogares, muy por encima del promedio regional. Se estiman 1911 hogares inquilinos sobre un total de 6971. La distribución interna no es casual, los inquilinos se concentran en ejes y bordes, mientras que barrios centrales mantienen un perfil casi exclusivamente propietario.

La estructura espacial parece responder a una lógica concéntrica: un corazón propietario en las áreas centrales y anillos periféricos de inquilinos hacia los bordes.

Nordelta vs Palermo

La comparación con Palermo ayuda a dimensionar el fenómeno. Antes de la pandemia, alquilar en Nordelta era entre 15% y 25% más barato que en el barrio porteño. Durante 2021, impulsado por la cuarentena, Nordelta llegó a ser 35% más caro. La pospandemia trajo equilibrio. A diciembre de 2025, un dos ambientes promediaba $804,193 en Nordelta frente a $831,201 en Palermo, según Zonaprop.

La diferencia no está solo en el precio, sino en el riesgo. En Nordelta predominan los contratos en dólares: atractivos con estabilidad cambiaria, peligrosos con volatilidad. En Palermo, la oferta en pesos y una estructura de costos más previsible siguen pesando.

La tendencia actual muestra números similares entre alquilar en Nordelta o en Palermo. Los hogares más móviles ajustan rápido ante cambios económicos: reducen superficie, cambian de tipología o se mudan. En contraste, los adultos mayores presentan mayor estabilidad: sus decisiones responden menos al ciclo económico y más a estrategias patrimoniales y de bienestar.

¿Cuánto cuesta alquilar en los barrios cerrados donde más crece la demanda?

La distribución territorial muestra que tres municipios del corredor norte concentran la mayor parte de la población inquilina en barrios cerrados:

  • Tigre: 6100 hogares (15,251 personas).
  • Pilar: 4504 hogares (10,714 personas).
  • Escobar: 1963 hogares (5144 personas).

Más allá del caso de Nordelta, en el partido de Tigre, uno de los principales polos de alquiler se ubica en Rincón de Milberg, donde las casas publicadas en alquiler rondan en promedio los US$3500 mensuales. En menor medida, también registran presencia de alquileres en desarrollos como Barrio Santa Clara y Barrio San Andrés, donde alquilar una vivienda parte desde US$1200.

En el municipio de Pilar, se observa otro núcleo relevante en torno a los proyectos Haras del Pilar y Boulevard El Sol, donde alquilar una vivienda parte desde los US$2200.

En la zona sur del AMBA, el alquiler en barrios cerrados también gana terreno. En Nuevo Quilmes, los valores promedian los US$1200.

En conclusión, la evidencia muestra que el alquiler en barrios cerrados constituye un segmento emergente del mercado habitacional, distinto del alquiler urbano tradicional. Su crecimiento combina factores productivos, patrimoniales y simbólicos, y revela cómo la clase media alta redefine las formas de habitar entre la ciudad y el suburbio.

Esta expansión del alquiler también expresa una nueva forma de diferenciación dentro de las clases medias. Para un segmento que no logra acceder a la propiedad, residir en un barrio cerrado se convierte en un signo de distinción, un modo de mantener cierto estatus simbólico pese a la pérdida del horizonte propietario.

La NACION –
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